Arquitectura y procesos locales
Habitar

Arquitectura y procesos locales

Construcciones que escuchan y entienden los procesos particulares de sus habitantes.

En nuestro artículo anterior, conversamos acerca de la arquitectura lenta y cómo esta aporta, desde su materialidad natural, la capacidad de convivir con el bienestar de sus habitantes y su entorno. La arquitectura se inserta en el lugar, de manera que se tiene la experiencia de estar al interior de espacios que respiran, que aportan frescura y calidez, y que se desenvuelven en un ritmo orgánico acorde a la naturaleza de sus materiales.

Vivir en el ritmo de la naturaleza entrega vitalidad a nuestro desarrollo y elementos que van fortificando la voluntad para nuestro desenvolvimiento. Podemos ver este movimiento cuando observamos en los pueblos antiguos cómo las actividades de trabajo se van manifestando en torno a las necesidades esenciales de la vida y cómo estas se desarrollan en equilibrio, con las materias primas propias del lugar. En torno a ellas se levantan los espacios que las cobijan y el proceso de la comunidad nutre el espacio que la acoge.

Tenemos bellos ejemplos para dibujar en este sentido. El pueblo mapuche, que posee una estructura social lineal basada en la familia –donde cada grupo familiar actúa como una organización local–, centra su actividad principalmente en épocas de sol para resguardar la comida en el invierno. Es un pueblo sedentario y la construcción de sus viviendas, las rucas, son grandes espacios que pueden llegar a los 500 metros cuadrados, las que tradicionalmente cobijaban a todo el linaje familiar, que alcanzaba las 50 personas. Con altos techos de paja, impermeable para el secado y ahumado del proceso de conservación de los alimentos, es donde se guardan los cultivos de su actividad agrícola, la recolección de semillas, y donde se elaboran las harinas para el pan araucano, hecho a partir de las semillas de piñones. También es donde se desenvuelve su rica artesanía textil, con sus instrumentos: la rueca, el huso y sus telares. La ruca es el espacio que alberga toda la actividad diaria y social.

En el norte podemos observar a los atacameños que habitan el desierto desde hace más de 12.000 años, como pueblos principalmente agricultores y ganaderos, además de la actividad alfarera y textil. También se organizan en torno a la gestión del agua, ya que desde la antigüedad poseían su propio sistema de irrigación en canales de regadío. Su entorno se ordena en terrazas agrícolas, el campo de pastoreo y el cerro silvestre para la recolección. La arquitectura de sus viviendas responde a las cualidades del clima, los materiales del lugar y las actividades diarias siendo recintos construidos de piedra, barro y vigas de madera de algarrobo y cactáceas, techadas con paja. Este techo sirve también de granero para guardar maíz, papa, quínoa, algarrobo y chañar. El habitar el desierto tomando como elemento vital al agua, hizo que los antiguos atacameños se organizaran en comunidades que hasta hoy trabajan, cuidan y resguardan su patrimonio natural.

Otro ejemplo representativo en nuestro territorio es Chiloé, donde la arquitectura de sus viviendas representa la actividad pesquera local que se desarrolla en la rivera de la isla. La vivienda de tejas de madera posee esbeltos pilares sobre los cuales se establecen los cimientos de las casas, protegidas de las mareas altas. Estos primeros palafitos cumplían una doble función: cuidar de las mareas en temporadas invernales y cultivar el pequeño espacio de sus terrenos en tiempos de calor. El interior de la vivienda tiene como corazón la cocina, que otorga calor y a su vez es el lugar de encuentro donde se comparte la vida familiar durante los largos meses de lluvia. Esta arquitectura está íntimamente ligada a la tierra y el mar.

En nuestro país existe una arquitectura que escucha y entiende el proceso particular de sus habitantes. De esta manera, podemos vislumbrar lo estéril y desfavorable que puede resultar una construcción seriada y ajena a las necesidades esenciales de la naturaleza y sus habitantes. A su vez, todas las zonas mencionadas han vivido en gran medida una intervención ciega a costa de una industria desmedida, un turismo superficial que niega su existencia, una minería sin reparos y una mala lectura del desarrollo, y sin embargo siguen luchando por preservar y desplegar su cultura. Reconocer estos espacios, cuidarlos y apoyar el desarrollo de los procesos que se desenvuelven localmente aporta a su nutrición y nos educa para vivir una vida más lenta, sana y bella.

Etiquetas:

Katherine Sepúlveda Epple

Arquitecta, mamá de 4 tesoros. Fundadora de Habitar Arquitectura, espacio para desarrollar proyectos de arquitectura y facilitación creativa. Su interés permanente está en la naturaleza, la ecología y el paisaje y la labor que ejercen en vida cotidiana de las personas.

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *