Habitar en comunidad, el arquetipo social que nos devela la naturaleza
Columna Franca.

Habitar en comunidad, el arquetipo social que nos devela la naturaleza

Somos parte de un todo, aunque a veces lo olvidemos.

Estamos en un nuevo comienzo, un comienzo que fue nutrido con la mirada en el horizonte, el reconocimiento de los procesos naturales de nuestro entorno y, con ello, el camino del despertar de nuestro vínculo interior con la tierra y el paisaje. Hemos visto cómo esta unión entre naturaleza y ser humano es un lazo orgánico en constante respiración; alimentamos nuestro ser y proveemos de vida a nuestro entorno en una dinámica recíproca con el mundo.

Esta realidad es contrastada día a día con la fuerza individualista extrema que guía muchos de los sistemas globales que en la actualidad imperan: el materialismo, el consumismo, la concentración de los recursos, el reinado de lo desechable… hacen que fatiguemos nuestras fuerzas vitales y, a su vez, las fuerzas vitales de la tierra.

Estar enfocados en impulsar esta gran máquina para la extracción y la acumulación nos lleva inevitablemente a crear un sentimiento de vacío, a la separación de las demás personas y a enrejar nuestra vida a fin de proteger las cosas materiales que hemos conseguido a costa de nuestra valiosa energía.

Cuando nuevamente nos tomamos el tiempo de observar cómo la naturaleza organiza la vida, nos damos cuenta de que lo fundamental es la cooperación, donde cada ser, cada elemento de la naturaleza, se moviliza colaborando para el organismo en su totalidad. Los árboles a través de sus raíces permiten que otras especies se desarrollen cuidando la salud del bosque. Los paisajes sonoros creados por todo el organismo de las selvas vírgenes permiten que cada pájaro, animal o insecto pueda expresarse para anunciar su necesidad o bienestar. Las abejas ofrecen su trabajo en veneración a la colmena. Es el bienestar del conjunto la prosperidad de todos, y así de generación en generación.

Para los seres humanos, este desafío conlleva superar la tendencia individualista, abandonar el egoísmo y despertar a una vida simple y esencial. En el camino evolutivo de la consciencia humana alcanzamos las fuerzas de nuestra propia individualidad, y gracias a esta capacidad podemos percibirnos a nosotros mismos y a los demás, y darnos cuenta de que cada ser humano es un ser único, que posee talentos, habilidades y puntos de vista maravillosamente diferentes y que, cuando son expresados con amor, nos enriquecen y nos entregan la posibilidad de avanzar hacia un mundo sano y bello.

Vivir en comunidad ha sido el anhelo de grandes mujeres y hombres. Gandhi promulgaba a través del Sarvodaya –bienestar de todos los seres y la vida del planeta– la idea de vivir con lo esencial, y valorando la calidad de vida de las personas a través del Swaraj –gobernanza local y comunitaria–.

Vivir en comunidad es abrirse a un sistema saludable, eficiente y sustentable, de cooperación conjunta, en donde las actividades diarias son realizadas en colaboración, y las necesidades básicas se proveen y coordinan entre todos; los alimentos son cultivados y se resguarda el menor impacto posible.

El espacio físico de una comunidad está diseñado para dotar amplios espacios comunes donde se desarrollan las actividades de encuentro, se comparten los alimentos, se coordinan las tareas domésticas, se crean nuevas conversaciones y se nutre la vida cotidiana.

Vivir en comunidad alimenta los valores fundamentales, como la generosidad, el respeto, la gratitud, el desapego, la humildad, la responsabilidad; valores humanos que arman la base para la vida en armonía, donde se respetan y se cuidan las personas, la naturaleza y todos los seres que en ella habitan.

Katherine Sepúlveda Epple

Arquitecta, mamá de 4 tesoros. Fundadora de Habitar Arquitectura, espacio para desarrollar proyectos de arquitectura y facilitación creativa. Su interés permanente está en la naturaleza, la ecología y el paisaje y la labor que ejercen en vida cotidiana de las personas.

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