La ciudad antes de la ciudad
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La ciudad antes de la ciudad

Una reflexión que nos invita a la pausa y conexión con aquello que -antes que nosotros y la ciudad que habitamos- fue y sigue siendo nuestro primer hogar.

Vivir en los centros urbanos es una realidad para muchas personas. En estos centros, tenemos la experiencia diaria de la concentración de distintos elementos: construcciones que día a día aumentan su escala, el movimiento eterno vehicular en todas sus formas, el ruido permanente que acompaña nuestro paso acelerado y con ello la danza interminable de pensamientos y quehaceres que escolta nuestro día a día.

Sin embargo, esta realidad no siempre fue así. Aunque esta intensa vivencia diaria y sus fuerzas nos quieran convencer de este progreso material interminable.

¿Qué pasaría si por un momento damos un paso y el tiempo en vez de avanzar se detiene, damos otro paso y las construcciones y el tráfico comienzan a retroceder? Otro paso más y ahora la atmósfera se vuelve diferente, los materiales se tornan leves y a cada paso que damos toda la ciudad comienza a desvanecerse, nuestro paso se vuelve a cada momento más lento y nuestros sentidos comienzan a percibir otros colores que inundan de frescor nuestra mirada, texturas que despiertan nuestra piel, un nuevo aire que al respirarlo llena nuestros pulmones de energía. Un suelo más blando se abre paso a nuestros pies ahora descalzos y frente a nosotros emerge un nuevo paisaje.

Un paisaje lleno de vida, de árboles diversos y vigorosos, de plantas endémicas y nativas de distintas formas y colores, de flores que se esparcen hasta perderse de vista y que son iluminadas por un sol que nos entrega una luz clara y brillante. De pronto a nuestros oídos llega un sonido limpio y risueño, son los pájaros que alegres revolotean a nuestro andar y luego un ritmo burbujeante nos anuncia la existencia de un gran río cristalino, un río libre con un cauce zigzagueante que nutre todo a nuestro alrededor y que proviene de la inmensa montaña, esa montaña que vemos a lo lejos, pero que ahora está más presente que nunca, esa montaña que nos rodea y nos cobija, nuestra montaña.

Ahora percibimos que estamos en el paisaje, somos parte de él y él parte de nosotros. Cada elemento, cada árbol, cada flor, el agua del río, los insectos, los pájaros, los animales, la silueta de la montaña, todo, todo es parte de nosotros y a su vez nuestro Ser es también parte de este gran organismo que es la Naturaleza. Estamos despiertos a nuestra esencia y somos conscientes de la esencia de nuestro entorno. Nuestra vitalidad es nutrida de esta vivencia y a su vez la naturaleza es nutrida de nuestra propia energía vital. Esto a través del despertar de este maravilloso y fundamental vínculo, nuestra Unión con la Naturaleza.

El origen, esta realidad inicial del suelo que pisamos día a día, permanece en nuestra propia memoria interior y es a su vez la infancia primigenia del territorio de la ciudad, un territorio que en pocos años ha sido profundamente transformado pero que sin embargo guarda en él este recuerdo vivo de su pasado que al evocarlo vuelve a ponernos en contacto, a nutrirnos, a dotarnos de nuevas fuerzas y cada día nos hace más conscientes del vínculo esencial que nos une.

De esta manera nuestro habitar la ciudad también se permea de una transformación, pero esta vez es una transformación más saludable, cercana y receptiva a la realidad que vive hoy nuestro entorno, nuestro aire, nuestra agua, nuestra vida, porque sabemos que cada elemento de la naturaleza y ella en su totalidad es parte de nosotros y nutrirla nos nutre y cuidarla también nos cuida. Su propia vitalidad es la nuestra también. Rememorar el origen del paisaje despierta y fortalece esa unión original que estaba profundamente dormida y que ahora puede despertar a nuevos impulsos que esta vez vayan en la dirección de escuchar atentamente lo que nuestro paisaje tiene para decirnos.

Cuando vayas caminando a tus quehaceres, da un paso, levanta la vista al horizonte y observa más allá, a lo lejos, la silueta detrás de la ciudad que está esperando que la recuerdes todos los días.

Katherine Sepúlveda Epple

Arquitecta, mamá de 4 tesoros. Fundadora de Habitar Arquitectura, espacio para desarrollar proyectos de arquitectura y facilitación creativa. Su interés permanente está en la naturaleza, la ecología y el paisaje y la labor que ejercen en vida cotidiana de las personas.

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