La costura, en mis palabras y las de mi madre

por | Dic 7, 2022

Un relato personal sobre la herencia de este oficio y su impacto en nuestras vidas.

En febrero de 1991, mi madre terminaba unos chalecos -conocidos como pingüino- en la fábrica de tejidos Perval, ubicada en la comuna de Independencia, en Santiago de Chile. Horas más tarde, nací en el Hospital San José.

Ella llevaba alrededor de tres años trabajando en la Perval cuando quedó embarazada de mí. Fue a terminar su trabajo en la mañana y al mediodía se fue al hospital, donde me tuvo ocho horas después. César Jadue, el dueño de la fábrica, se enojó porque mi madre le insistía en que tenía que terminar los chalecos, quería hacerlo porque significaban más ingresos. Trabajaba a trato (pago por cada prenda hecha) sumando esto al ingreso mínimo bruto de la época: 33 mil pesos, equivalente hoy a 144 mil pesos aproximadamente.

Al contar la historia de mi nacimiento, una amiga me dijo que “había nacido para dedicarme a la moda”. Nunca lo había visto de esa manera porque no he querido derramar romanticismo en esa historia: me parecía brutal ese registro de explotación y precariedad, una narración que se repite hasta hoy, donde sigue existiendo el trabajo a trato, la informalidad, las malas condiciones de trabajo, las lagunas previsionales y el deterioro de la salud, que según el estudio Trabajo en Domicilio: Pandemia y transformaciones en el trabajo textil y la cadena del vestuario en Chile de Fundación Sol, afecta a más 52 mil personas que trabajan actualmente en el sector textil.

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En la localidad de Ñipas, a 50 kilómetros de Chillán, mi mamá se hizo su primera prenda: una falda escocesa a la cadera, corta, plisada. Apenas tenía once años.

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Me hice la falda a mano, porque la había visto en una revista de música y quería vestirme igual a las demás porque veía que había niñas que andaban más a la moda que yo.

No aprendí de nadie, yo la corté nomás, y que quedara como saliera. Me guié por los cuadritos de la tela que tenía: como era cuadrillé, los contaba para que el plisado quedara igual. Y entonces con una aguja con hilo los marcaba y doblaba. Y me quedó perfecta. La usaba con suecos, que era lo que estaba de moda en ese tiempo, a principios de los ‘70.

Fui autodidacta en la costura y para mí no fue difícil. En ese tiempo, donde vivía, había un señor que iba casa por casa vendiendo telas. En mi casa compraban telas y quedaban guardadas, porque era barato, tú podías comprar un metro de tela y lo cambiabas por un kilo de porotos. Todas las telas se compraban así. 

En mi casa solo yo ocupaba las telas y jugaba con ellas. 

También hacía cojines y cortinas. Pero todo lo cosía a mano, porque no tenía máquina. No me quedaba perfecta la costura, porque era un punto atrás, que por un lado se ve como derechito y por el otro se ve seguido. También hacía un punto de cadeneta, por ejemplo, con las cortinas: si eran blancas, las cosía con otro color y quedaba bonito el contraste con la cadeneta. Para eso me gustaba tener hilos de bordar.

Yo bordaba sin bastidor y hacía los dibujos de memoria. Tenía un pedazo de género, y decía aquí voy a poner una rosa, aquí voy a hacer un pajarito y yo misma los dibujaba. 

Antes la harina cruda venía en unos sacos de arpillera, y yo pescaba eso, los partía por la mitad, y los deshilachaba por la orilla y los bordaba y hacías toallas. La tela de toalla era muy cara y la gente de campo generalmente se hacía las sábanas y las toallas con arpillera.

Para las sábanas se unían cuatro bolsas de harina y se cosían. Era rara la gente que tenía sábanas de algodón. Yo me acuerdo que habían sábanas que bordó mi tía cuando veía bien. Ella tenía unos bordados preciosos, nunca pude igualarla, pero no bordaba cuando yo vivía, porque ya no veía, solo esas cosas estaban guardadas ahí.

«Mi mamá con su máquina de coser, la que actualmente uso yo».

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Mi mamá tuvo a su primer hijo a los 16 años, el año 1976. Tiempo después viajó 450 kilómetros para venir a Santiago, ciudad a la que llegó a buscar trabajo. Aquí conoció a mi papá. Durante ese tiempo, intentó hacer un curso de la Municipalidad de Independencia donde tenía la posibilidad de recibirse de modista, pero mi papá se enfermó, y ella tuvo que dejar sus estudios para cuidarlo. Duró alrededor de tres meses.

La pandemia del COVID-19 evidenció que los cuidados y labores no remuneradas del hogar siguen cayendo en los hombros de las mujeres. La cuarentena no era impedimento para trabajar alrededor de ocho horas al día y preocuparse de la alimentación, aseo, cuidado de personas enfermas, entre otras labores domésticas. Datos de CIPER revelan que el empleo familiar no remunerado aumentó en un 21%, y según una investigación del Banco Central, las mujeres dedicaron durante el año 2020 alrededor de 35 horas semanales en trabajo doméstico y de cuidado no remunerado, versus las 13 horas que dedicaron los hombres. En el sector textil, el 21% de las mujeres entrevistadas por Fundación Sol señalan que deben compatibilizar sus labores remuneradas con las de cuidado.

Otro aspecto que deja en evidencia el agitado 2020, es la situación actual del trabajo textil en Chile. Según datos del estudio de Fundación Sol, se han perdido casi 36 mil puestos de trabajo en este rubro, donde un 72% corresponde a mujeres. Fuentes de trabajo que aún no se recuperan.

El poco tiempo que mi mamá estuvo en su curso de modista lo disfrutó. Le gustaron mucho los bolsillos de ojal de tela que aprendió a hacer. Finalmente, mi papá se mejoró, y ella comenzó su trabajo en Tejidos Perval.

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Llegué a la Perval porque fui un día y le dije a un secretario que quería trabajo y me dijo que hablara con el dueño. Lo único que don César me preguntó fue si me gustaba coser y le dije que sí, que me encantaba. Y me respondió: “Venga mañana, yo la voy a poner a prueba”.

Nunca supe cuándo fue la prueba. Me acuerdo que lo primero que me mandó a hacer eran bolsillos, que se colocan antes de armar las poleras piqué. Desde ese día comencé mi trabajo en la fábrica.

Me trataban bien, nunca tuve problemas. En ese tiempo te pagaban setenta pesos -350 pesos actuales- por prenda más o menos. En comparación a ahora no es nada, pero en esa época era harto.

Nuestro trabajo era así: la persona que diseñaba y cortaba mandaba todo para armar. Una vez que estaba armado llegaba a mis manos y yo cosía. Las prendas pasaban por ella, después por la overlock, luego a mí y al final a la deshilachadora. Si una se atrasaba, nos atrasábamos todas. No me aburría ni tampoco era como que no quisiera ver nunca más una máquina, de hecho llegaba a la casa a coser.

Lo más complicado de los chalecos era que te quedaran igual a los dos lados, porque tenían que estar parejos abajo. Si un lado estaba más largo que el otro te quedaba el chaleco chueco, y había que desarmarlo y armarlo de nuevo. Era difícil, porque antes los chalecos no eran cosidos rectos, eran evasé, y con rebaje en los brazos, no como ahora. Si eran de mujer o si eran de hombre eran diferentes.

A veces era una locura: empezábamos en diciembre y teníamos que entregar, ponle tú, 5000 chalecos para marzo, porque eran chalecos escolares a pedido. Eso significaba para mí hacer unas 100 ó 150 prendas por día. De repente había que ir a trabajar sábado, domingo, hacer horas extra en ocasiones. Pero siempre se trabajaba de día.

No era una fábrica grande, pero era una fábrica productiva, y era consciente, porque una se tomaba su horario de colación y nadie te decía nada, nadie te iba a mirar. Pero cuando había que trabajar, había que trabajar. Yo a veces tenía que sacar cincuenta prendas en la tarde, y no iba al baño, no tomaba once, a veces no almorzaba ni nada, porque si yo no las sacaba la deshilachadora se quedaba hasta las diez, once de la noche para terminar el trabajo, y después había que pasarlas al planchado y al otro día envolverlas y mandarlas a que pasaran el control de calidad.

A todo el mundo le devolvían cosas. Por un botón, porque había medio centímetro de diferencia, etcétera. Era exigente porque el producto era caro. A nosotros nos devolvían en general 500 ó 300 prendas, y de hecho don César ni siquiera se daba el trabajo de arreglarlas. Él las metía a un cajón y las ponía a la venta a precios más bajos, como saldo, porque no era muy grande la devolución.

Pero una vez tuvimos una devolución de más de la mitad. Porque a la niña de los botones se le olvidó sellarlos, y se salían todos. Ella hizo toda la temporada con los botones así. Y tuvo que hacer todo ese trabajo gratis. Ese era el problema que teníamos: tú te equivocabas y tenías que arreglar la prenda, pero él no te la volvía a pagar. Igual nos reímos mucho esa vez.

La gran mayoría de los chalecos se iban a colegios fuera de Santiago, que eran privados. Don César se hacía los contactos, que eran de sus mismos pares palestinos. Algunos eran azul marino enteros, y otros eran azul marino con un ribete amarillo y con un bolsillo amarillo, verde y azul marino. No sé qué colegios eran, no teníamos esa información ni tampoco preguntábamos. Antes una trabajaba nomás, solo te importaba hacer tu trabajo y que te pagaran.

Para fin de año nos uníamos todos los trabajadores de la fábrica y don César compraba regalos para los niños. Y eran como pequeños presentes, porque tampoco era una fábrica grande. Una vez me regalaron una máquina de coser de juguete, de metal, bien bonita. Fue para tres funcionarias nomás, las que sacamos el mayor puntaje del año en ganancias para la empresa: la deshilachadora, la botonera y yo.

Cuando tú naciste yo me tomé mi postnatal y después fui a renunciar. Él no podía tenerme porque no tenía sala cuna, no había la cantidad de gente en la fábrica como para tener una. Entonces me propuso que podíamos pagar a medias una sala cuna para que yo no me fuera. Yo le dije que no, que me iba.

Volví a trabajar con él un tiempo, pero los fines de semana, porque su producción nunca volvió a ser igual. Después don César empezó a hacer vestidos y yo le ayudé, pero con una parte, porque en ese momento me fui a trabajar a la fábrica Primatex, pero ahí no era con máquina de costura, era armado de telas.

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Quien reemplazó a mi mamá en su trabajo en la Perval fue Mirta. Ella usaba una máquina remalladora y empezó a hacer los chalecos pingüino con ella. Los chalecos nunca pudieron funcionarle, porque eran para coserlos con máquina recta. Mi mamá intentó ayudarla, pero no hubo caso. Las máquinas remalladoras son difíciles de usar, porque en cada aguja (generalmente tienen 3 ó 4) se tiene que colocar el punto del chaleco. Si no se pone el punto, se desarma.

Cuando yo tenía unos doce años, Mirta falleció repentinamente. Era una mujer con sobrepeso, que pasaba sentada gran parte del día, entre cerros de ropa y una pieza calurosa en invierno y verano, donde la ventana estaba casi siempre abierta y el ventilador prendido.

La salud de quienes trabajan en el sector textil está constantemente expuesta. Muchas veces, las precarias condiciones de vida, el esfuerzo físico que requieren los trabajos manuales, las dolencias y enfermedades crónicas propias del oficio, se suman al deterioro de la salud mental. Todo esto lo agudizó la pandemia, y dejó en evidencia el preocupante estado de la salud pública en Chile.

La fábrica Primatex, fundada el año 1965 y dedicada a la producción y venta de productos textiles, fue el siguiente lugar de trabajo de mi mamá luego de dejar la Perval.

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En la Primatex era harta pega y era pesada. Yo me especialicé en vaporizado, que fue lo que me enseñaron. Vaporizado es que tú llevas el hilo en bruto, y es como que trabajaras con agua caliente y botara vapor, entonces va pasando el hilo por unas huinchas para que se expanda, ese hilo tú lo vas enconando y así se arman las telas.

Tenía un sueldo fijo, más una comisión. Pero te pagaban una porquería y los turnos eran pesados: había de día, de noche y en la tarde, y trabajabas de lunes a sábado. Duré siete años ahí.

El trato era trato de fábrica: malo. La gente que trabaja ahí no tiene estudios, no tiene educación, entonces los roces son comunes. Y los jefes son prepotentes porque se creen superiores, porque tienen estudios y porque son jefes. Yo no tenía tantos problemas, a pesar de que era contestadora. 

Uno de los jefes a mí no me pasaba, porque decía que yo nunca me quedaba callada, y él fue el que me despidió. Mi máquina quedó parada mucho tiempo, entonces yo andaba de allá para acá, que a las continuas, al remate, a máquinas que yo muchas veces no tenía ni idea. Entonces un día en la noche como no había nada, vino el jefe y me dijo que estaba despedida, sin aviso ni nada. Si yo no tenía máquina, ¿qué culpa tenía de que no tuviera trabajo? Tenía que estar en otra máquina ayudando. No podía estar en mi máquina si llevaba meses apagada. Y me despidió porque yo tampoco me quedé callada con eso. A los hombres no les gustan las mujeres con carácter, porque les gusta a ellos dominar.

Después de irme de la Primatex, por ahí por el año ‘98, me puse a estudiar, hice el curso de cuidadora de enfermos en el MEMCH. Pero nunca me alejé de la costura. A ti y a tu hermana les hacía vestidos, poleras, los trajes de los bailes, también hacía las cortinas de la casa, manteles, sábanas. Hacía los vestidos de las muñecas, de las grandes. Y también les hacía a ustedes los trajes de baño cuando íbamos a la playa. Les hacía bikinis, me acuerdo que les ponía botones adelante y los forraba con la misma tela.

Yo diseñaba y hacía todo, y sin patrones. Nunca he cortado por patrones. A veces me equivocaba, pero yo sabía el ancho de ustedes, así que iba marcando y cortaba. A ustedes les gustaba, porque cateteaban para que les terminara la ropa, sobre todo tu hermana. A ella le hice más ropa que a ti. Pero a los tres les hice cosas desde que nacieron.

A tu hermano mayor también le hacía ropa. En esa época, a fines de los ‘70, se usaban unas blusitas cuando las guaguas nacían de una tela que se llamaba batista, que era delgadita. Y de otra que era como afelpadita. Yo le hacía las camisitas que se ponían debajo de los piluchos, se las bordaba y se las cosía a mano.

Cuando me casé con tu papá, un par de años después que nació tu hermano, empecé a usar la máquina de mi suegra, que era una máquina de pie. Aprendí sola, nunca había usado una. Lo único que ella me dijo fue: «Mira, tienes que subir y bajar el pie, subir y bajar el pie». Y eso es todo. A tu abuela le gustaba coser, pero ella arreglaba su ropa nomás, no confeccionaba.

Años después, tu abuela le pasó la máquina de pie a tu tía Carmen, porque a ella le regalaron una negra, la Singer que ahora tenemos nosotras. Y con esa cosía. La máquina pasaba más en mi casa que en la de tu abuela.

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La primera vez que usé una máquina de coser tenía apenas nueve años. Fue una Nagoya comprada en los ‘90s, con mayores funcionalidades que la Singer que teníamos hasta ese momento. Desde ahí, la Nagoya se convirtió en la máquina de la casa, y es la máquina de coser que yo uso actualmente.

Según las palabras de mi mamá, la primera vez que cosí fue un día que ella estaba haciéndome un vestido para un acto del colegio y no tenía tiempo para coserlo. Yo le dije: «No importa, yo sigo». Y claro que seguí, pero con las costuras por todos lados. Mi mamá tuvo que desarmar todo después.

Mi madre es una mujer exigente. Si se hace algo, no debe hacerse a medias, tiene que hacerse bien. Si llegaba con un 6,7 del colegio, ella me preguntaba por qué no había sido un 7. Cada cosa que ella hacía o decía era un motivo más que válido para mí para querer mejorar en lo que sea que me propusiera, pero esa necesidad de avanzar me volvió una persona autoexigente, demasiado curiosa, y por ende, dispersa. Quiero saberlo todo de todo.

Siempre observé a mi mamá tejer y coser, hacernos ropa, sábanas, cortinas y manteles, y era un acto que me parecía mágico y maravilloso. Yo también quería hacerlo, quería saber cómo un pedazo de tela se convertía en algo que de pronto tenía un propósito, un alma.

Un día, para un trabajo del colegio, le hice una tarjetita de tela a mi mamá para su día. Tenía unos diez u once años. Recuerdo que disfruté mucho haciéndola: era un cuadrado pequeño, con una tela diseño Vichy celeste pastel rodeada de blondas, con stickers de Mickey Mouse, Hello Kitty y de corazones. Le escribí un mensaje con lápiz scripto, y mientras veía cómo se expandía la tinta e intentaba con mucho esfuerzo que los stickers se adhirieran bien a la tela, pensé: “creo que esto no funcionó”.

El mensaje, escrito con una caligrafía infantil, decía: “Mami: En este día solo te deseo que la pases muy bien y que Dios te bendiga. Te ama Gerty” (sic).

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Nunca supe cómo hiciste la tarjeta, ni quién te ayudó con la máquina ni nada. Era para un taller de expresión que le llamaban, y estabas ahí porque según tu profesora necesitabas desarrollar tus habilidades manuales. No sé si tus compañeros cosieron, parece que cada uno elegía lo que quería hacer.

Cuando me la pasaste, me dijiste: «Viste que aprendí a coser, mamá, ¡mira!».

A ti siempre te llamó la atención coser, pero pensé que lo ibas a tomar como un hobby y nada más. Yo pensaba que era una etapa, que era curiosidad. Lo que empezaste a hacer fue a hacerme tira las poleras, porque las barbies no tenían ropa. Según tú, cortabas una polera y de esa polera tú ibas a hacer una polera más chiquitita, pero igual. Pero yo no sé cómo la cortabas, porque eran unas cosas como raras, y después se las amarrabas a la barbies. Yo te decía: «No, pero tienes que hacerle esto», «Hazle una tirita aquí para que caiga», y tú me decías que no, que era así. Era tu propio diseño.

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Durante mis tiempos universitarios modificaba mi ropa y arreglaba prendas que compraba a 500 pesos en la feria libre cercana a mi casa en Independencia o en los cajones enormes de la calle Bandera.

«Prenda modificada por mí»

Desde mi primer año estudiando en una universidad de élite, resonaron cuatro palabras en mi cabeza: “Nunca seré como ellos”. Me sentía intrusa y extranjera en un mundo de vacaciones e intercambios al extranjero, de personas que no costearon con crédito su carrera, de parkas de nieve en comunas sin nieve. También envidiaba en secreto a las personas que podían vestirse —a mi criterio— bien sin gran esfuerzo. Mi ingenuidad de que todas las madres hacían sus propios manteles y cortinas se desmoronó.

La frase de mi mamá ante el motivo por el que hizo su falda tableada se espeja con las razones por las que empecé a intervenir mi ropa, a buscar las tendencias actuales en internet y replicarlas de una forma sencilla: “Lo que yo quería era vestirme igual a las demás, porque veía que había niñas que andaban más a la moda que yo”. Admitirlo me duele, pero ese deseo abrió una puerta crucial en mi vida: la costura se convirtió en un tema de conversación en un lugar donde me era terrorífico no tener de qué hablar.

Intervenir ropa se convirtió en un ritual donde mi madre fue mi maestra. Observábamos una chaqueta, un vestido, un polerón, y decíamos: “Cortemos esto y pongámoslo acá”, “Arreglémoslo así”, “Saquémosle esto”. Mientras la máquina de coser avanzaba conmigo, descubrí que había algo en mí que jamás iba a existir en el corazón de esa élite que envidiaba. Podía vestirme como se me diera la gana sin tener tantos recursos, y sentía un cariño que iba más allá del acto de la compra. La educación universitaria me enredó los pies en el triste intento de la movilidad social y de las apariencias, que nos traen deudas y frustraciones a las clases medias y bajas.

Tras una crisis personal y profesional durante el 2020, finalmente me dije que si no lo intentaba, no sabría nunca si este era el camino para mí. Así que el año 2021 comencé un curso de diseño de vestuario en una escuela llamada Atelier.

Es innegable que pudo haber un presagio y un misticismo alrededor de mi nacimiento. Tal vez era el destino de una hija gestada con el sonido de máquinas de coser de fondo. Pero no puedo dejar de pensar que los dolores y amores de mi madre nos unirán para siempre.

Esta es su historia, y también la mía.

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Vi un reportaje hace unos días de que están saliendo varios emprendimientos de personas jóvenes que están sacando su taller de costura. Yo me sorprendí porque es mucha gente que ha ido, tal como tú, a la universidad, y que cambiaron eso por aprender costura, y hacen transformaciones, o toman telas antiguas y las rescatan. Es bonito que ahora eso esté reviviendo.

Nunca he tenido mucha paciencia para enseñar, pero me gustaba que aprendieras. Me veía como reflejada. Era heredar justo algo que a mí me gusta a la persona que yo quería que lo aprendiera. No como para vivir de eso, pero para que te gustara. Para que siguieras la tradición. Para que te dieras cuenta de que hay muchas cosas que una puede aprender sin estudiar.

La costura hay que saber quererla para poder hacerla. Es como todas las profesiones: una tiene que querer una profesión para poder tenerla, si no, no te sirve de nada. La costura para mí es hermosa, una se entretiene haciendo cosas, como que te saca del tiempo.

Y la tela es magia. Tú juntas una tela con otra y con otra, y haces cosas preciosas. Por ejemplo, quieres hacer un cojín, pero no necesariamente vas a ocupar cuadrados, puedes convertirlos en triángulos, ponerle una flor, lo que quieras. 

Esa es la magia de la tela: poder jugar con ella.

Periodista y entusiasta del diseño de vestuario. He realizado colaboraciones en Publimetro, Es Mi Fiesta, POTQ, entre otros medios enfocados en moda, cultura y feminismo. Intervengo y hago mi ropa. @gertiesme

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