Todos somos bellos

por | Sep 10, 2019

La rebeldía y el gusto de quererse a uno mismo.

La relación que tenemos las mujeres con la imagen personal es muchas veces sinuosa. Anita Roddick la llamó “un barril de pólvora emocional”. Y no es para menos: muchas sentimos, desde niñas, la presión de presentarnos ante el mundo de una cierta manera, y crecemos escuchando comentarios oblicuos sobre tipos de cuerpos o características que son abiertamente descritas como ‘mejores’, en los medios, la publicidad y, en general, la vida.

Hace poco leí un fragmento de un libro de 1990 escrito por Sandra Lee Bartky –quien era una profesora estadounidense de filosofía y estudios de género–, en el que hablaba de la búsqueda de la belleza. Decía que las mujeres no solo sentimos que debemos producirnos como cuerpos bellos, sino que “damos por hecho que nuestros cuerpos son deficientes desde un principio”. Leer eso me recordó inmediatamente a una foto clásica de Tumblr, en blanco y negro, donde se ve a una chica sentada en un tren frente a un cartel que dice, con letra escrita a mano: “En una sociedad que lucra con tu inseguridad, gustarte a ti misma es un acto de protesta”.

La industria de la belleza, en ese sentido, es una a la que en algún minuto de mi vida llegué a resentir por eso; ya que, según yo, nos incitaba a cubrirnos y escondernos. En el último tiempo, grandes marcas se han inclinado por desarrollar campañas para promover la diversidad y representar tipos de belleza que se alejan de los estereotipos que alguna vez dominaron los medios. Pero nada de eso es completamente nuevo. Los cambios positivos en pro de la diversidad que vemos hoy son, probablemente, resultado de distintas luces que a lo largo del tiempo han empujado para tratar de liberarnos a las mujeres del peso de ver nuestros propios cuerpos como deficientes o insuficientes. En 1997, por ejemplo, The Body Shop creó la campaña ‘Ruby’, con la que desafió la noción de que la belleza estaba atada al tipo de cuerpo o la talla. Ruby era una muñeca, talla 46, diseñada para desafiar los cánones de la época y representar un tipo de cuerpo escasamente celebrado en ese tiempo. El eslogan era: “Hay 3.000 millones de mujeres que no se ven como supermodelos y solo ocho que sí”. Con acciones como esta, The Body Shop mostró cuánto más conectada con sus clientas puede estar una marca de cosmética cuando amplía el espectro de belleza que elige representar. Desde ese entonces, han evitado a toda costa promover un prototipo único de belleza.

Ruby era intimidante para la época, de la misma manera en que lo sigue siendo una mujer que hoy en día –22 años después– se asume por completo. Quererse es un acto rebelde aún.

Sentirse bien con uno mismo viene, sin embargo, con la gratificación de que el cuerpo con el que nos movemos por el mundo tiene, en sí mismo, poco o nada que ver con cuán merecedoras somos de la atención, el tiempo o la admiración de otras personas. Especialmente de aquellos a quienes queremos y nos quieren. Quizás está demás decir lo que se ha dicho siempre: que la belleza es lo más subjetivo que hay. Por supuesto. El mejor ejemplo de esto es que todos tenemos la experiencia de que cuando queremos a alguien, somos capaces de ver, implacables, a esa persona por su belleza.

Anita Roddick decía también que “la belleza es una expresión activa y externa de todo lo que te gusta de ti”. Y es cierto. Sacar esa sensación de bienestar y ponerla en el mundo para que exista fuera de uno es una muestra de valentía. Somos seres sociables y siempre vamos a hacer cosas por otras personas –eso lo aprendí con libros como Franny y Zooey–, pero en el cúmulo de interacciones que uno tiene en la vida, el cuerpo no es una medida de valor posible, y la belleza real tampoco necesita ser performativa ni ostentada.

Siempre vuelvo a Joan Didion y su ensayo llamado «Sobre el amor propio», en el que defiende un tipo de seguridad solitaria diciendo que: “el amor propio no tiene nada que ver con la aprobación de los demás, a quienes, a fin de cuentas, no cuesta mucho engañar; y tampoco tiene nada que ver con la reputación, que […] es algo que la gente con coraje no necesita”. El amor propio, para la autora, no tiene relación con el aspecto de las cosas, sino con una paz distinta, o lo que llama “un tipo de reconciliación privada”. Didion considera que las personas con amor propio tienen, por cierto, el coraje incluso de equivocarse.

Ahora bien, sentirse bello puede ser un acto personal y silencioso, pero siempre será tan externo como es interno. Una vez, escuchando un podcast, oí a alguien explicar que la felicidad es un sentimiento incontenible; las personas felices nunca se guardan su felicidad, siempre la demuestran y comparten. Y creo que la belleza real va por ese camino; es algo que se exude inevitablemente cuando de verdad se siente desde muy adentro. En todo caso, concuerdo con Anita en que no por eso es un esfuerzo menos activo, porque todos sabemos que quererse cuesta, y no estamos aquí para pretender que llegar a ese punto es sencillo.

Una noción que he integrado a mi concepto de belleza recién en los últimos años es que esta viene de la mano de la transformación y el cambio. He tratado de decantar la idea de que ser bello es entenderse a uno mismo no a pesar de los cambios sino gracias a ellos; que uno es bello por la misma capacidad –y necesidad– de cambiar seguido de opinión, actitud, rutina y rumbo. Trabajar en buscar y descubrir quien uno es en distintos momentos de su vida viene a ser, en el fondo, un tipo de seguridad que no está anclada al tiempo ni al espacio, y que se relaciona más bien con quién optamos por ser cada día.

Usando palabras de Didion, podría decirse que la belleza nace del carácter. Porque para ella ese es el lugar donde brota el amor propio, un sentido del valor intrínseco de uno mismo, que, si se tiene, viene con la capacidad de discernir, de amar y hasta de permanecer indiferente ante las convenciones.

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Este artículo fue patrocinado por The Body Shop como parte de una #AlianzaFranca. 

Edita, diseña y escribe. Es Magíster en Edición de la UDP y estudió moda, artes contemporáneas y periodismo. @stephanievallek

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