En contra de la productividad
Bienestar

En contra de la productividad

Por qué dejar de pensar en optimizarnos en tiempos de pandemia.

No es necesario enredarme mucho para decir que está difícil mantener estables los ánimos en medio de todo lo que está pasando. Seguimos en la casa haciendo lo posible por no contagiarnos o terminar contagiando a otros, y quizás estamos aún en proceso de aprender a balancear el trabajo desde casa, las tareas domésticas, el abastecimiento apropiado, las finanzas, la familia, los estudios, el movimiento físico, la salud mental.

Escribir esto me tomó unos cuantos días más de los que normalmente me tomaría, porque si bien estoy sentada frente al computador en mi departamento trabajando, también estoy pensando si mis papás, que viven en Ecuador, están bien. Si mis abuelos, que viven en Estados Unidos, están apropiadamente aislados. Si mis hermanas y amigos se están tomando la situación en serio. ¿En cuánto tiempo más se podrá (o será apropiado) viajar para volverlos a ver? ¿Cómo me puedo planificar? ¿Me estoy quedando sin ciertos alimentos? ¿Será que la cuenta de luz se va a disparar por los cielos? ¿Cómo me voy a transportar cuando tenga que volver a trabajar? ¿Cómo será todo de aquí en seis meses, en un año?

Aun cuando la vida está cubierta con una capa de incertidumbre, me topo frecuentemente con recordatorios y consejos no solicitados enunciando que es posible ser productivos hasta en una pandemia. Y a mi mente le encanta irse por esos lados: haz valer tu tiempo, intenta adelantar lo que más puedas de ese encargo, implementa las ideas que se te ocurran sin pensarlas mucho, mantente conectada, muestra que eres productiva. Ni siquiera en el ámbito doméstico me he librado de mí misma: cocina mejor, limpia más seguido, etc. Siempre, incluso en un momento de disrupción histórica, pienso que puedo ser un poco más productiva.

Las redes sociales refuerzan la noción: parece haberse multiplicado el contenido que nos invita a hornear, ejercitarnos, adquirir nuevos hobbies; en definitiva, hacer más cosas o dedicarnos a perfeccionar las que creemos que sabemos. Prevalece la idea de que ahora tenemos más tiempo y que hay muchas actividades que podemos adoptar en aislamiento.

Si bien la pandemia ha provocado que la vida se desenvuelva ampliamente al interior de nuestras casas, no sé si todos en rigor tenemos más tiempo. Quizás un horario que sí se nos liberó objetivamente es el par de horas que pasábamos desplazándonos de un lugar a otro para llegar al trabajo, reuniones o eventos y volver a la casa. Pero no sé si por eso deberíamos estar haciendo cosas que antes no concebíamos. Si alguien tiene algo más de tiempo por razones delicadas, como estar al cuidado de alguien enfermo o haber perdido su trabajo, quizás siente presión por llenar sus horas a causa de estos discursos. Una amiga que quedó sin trabajo me decía que está más cansada ahora que antes porque, a diferencia de lo que podría pensarse, las horas no las siente vastas y prometedoras sino claustrofóbicas y angustiantes. Pero la cultura de la productividad nos acostumbra a asignarles peso a las tareas (y a las personas) por su potencial de ser útiles o eficientes. La pregunta es según quién.

Vuelvo seguido a la idea de que la noción que tenemos de productividad es una manifestación de cómo funciona la economía de la atención en una sociedad capitalista. No hacer nada, como dice Jenny Odell, puede ser una forma de resistencia en ese caso. El deseo de llenar la agenda para conseguir más reconocimiento, dinero o responsabilidad, aun en tiempos de crisis, pone en evidencia una cultura del trabajo que no para. Esta mentalidad defiende que cada microsegundo de nuestras vidas debe ser comodificado, estar destinado a algo que tenga un propósito, dirigirse hacia el mejoramiento o convertirse en una consecuencia material o resultado medible. Si estamos cocinando, también estamos escuchando un podcast. Si estamos comiendo, estamos viendo las redes sociales; si salimos a comprar, estamos documentando. Parecería que cualquier experiencia puede tener una ganancia colateral.

Poco a poco, el supuesto mejoramiento personal se impone sobre la sensibilidad. Si bien hay mil y una formas de sentirnos eficientes o productivos, lo que planteo es no universalizar la necesidad en primer lugar. No todos estamos lidiando de la misma manera, por supuesto, y no me atrevo a hablar por nadie más. Solamente propongo hacernos la pregunta de si ponernos una serie de nanotareas y tratarnos a nosotros mismos como máquinas es hacernos propensos a ir a un lugar de desolación.

Lo traigo a colación porque en el mes y tanto que llevo sin salir de mi casa me he fijado en lo fácil que puede ser caer en esa lógica: podría hacer un curso online, debería estar aprendiendo un nuevo idioma, por qué no escribo más seguido, si tan solo empezara a probar nuevas recetas, qué mejor momento para avanzar con ese libro que tengo pendiente. Pero ser productivo puede ser desafiante en tiempos normales, más en una crisis. Por eso perseguir la productividad no puede ser la condición base. Atender a nuestras necesidades básicas y las de las personas que tenemos cerca ya es bastante. Para muchos la salud propia, la vitalidad de los suyos o la seguridad laboral están en riesgo. Ponernos presión por intentar ser productivos en este contexto es contraproducente.

Por supuesto que no nos queda de otra que hacer lo posible para sobrevivir, sobre todo si vivimos en países donde no hay garantías de salud, trabajo o vivienda. Por eso creo que me incomoda la idea de sentirnos obligados a implementar nuevas actividades constantemente. Debiera poder ser un tiempo para producir menos resultados y generar más herramientas (a criterio de cada uno). El asunto, claro, es que los tiempos para pensar, buscar inspiración, idear, interpretar o probar no se consideran, en muchas profesiones y sociedades, tiempos productivos, sino todo lo contrario.

Quiero dejar de actuar pensando: sí, la pandemia es grave y me aterra, pero ¿cómo puedo mejorarme a mí misma de todos modos? La productividad innecesaria es una imagen de la que me quiero desligar. No creo que sea el momento para optimizarnos o buscar crecer por crecer. Tampoco para rendir, impresionar o atajar. Quizás es tiempo de preocuparnos por sostener: cumplir con las obligaciones y mantenerse en pie es valioso en sí mismo. Y hacer el esfuerzo de hacer el esfuerzo a veces es suficiente.

No creo que tengamos que salir triunfantes de esta crisis global. “Esto es una pandemia, no un concurso de productividad”, como decía un tuit el otro día. El autocuidado libre de optimización para mí se ve así: abrir las ventanas al despertarme, comprometerme a comer al menos dos comidas al día, seguir regando mis plantas, dormir, tratar de meditar e intentar identificar actividades que me hacen sentir mejor: puede ser ver un capítulo de una serie con alguien a la distancia, tener una llamada familiar una vez por semana, dejar de mirar el celular apenas me despierto. Quiero abandonar la compulsión de tratarme a mí misma como si fuera un activo que, contra todas las probabilidades, tiene el potencial apreciarse mientras lo demás se devalúa. Quiero apuntarle a la regeneración, ya no a la productividad.

Etiquetas:

Stephanie Valle

Edita, diseña y escribe. Es Magíster en Edición de la UDP y estudió artes contemporáneas, moda y periodismo en Ecuador. En su tiempo libre escribe un newsletter sobre revistas independientes. @stephanievallek

Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *