Por qué el antirracismo es esencial para un futuro sostenible
Columna Franca.

Por qué el antirracismo es esencial para un futuro sostenible

Reflexiones sobre el vínculo entre las injusticias raciales y ambientales.

Me acuerdo de haber estado en Nueva York ese julio del 2014 en que la policía local asesinó a Eric Garner, un hombre negro de 27 años, desarmado, en plena calle a la luz del día. Ese año fue la primera vez que escuché sobre el movimiento Black Lives Matter, que se había fundado un año antes, en julio del 2013. Aunque fue más tarde de lo que me gustaría, ese momento marcó mi educación personal en el antirracismo.

En Ecuador, donde crecí, el racismo es un tema igual de disimulado, minimizado e incluso negado que en Chile. Según una encuesta nacional sobre racismo y discriminación racial en Ecuador (2004), quienes sufren abiertamente a causa del racismo en el país son los afroecuatorianos (88%), seguidos de los indígenas (71%). En Chile, la realidad es también desalentadora. Según un estudio del INDH llamado Manifestaciones de discriminación racial en Chile, “la discriminación arbitraria por motivos de “raza”, la pertenencia étnica o de nacionalidad tiene ámbitos de discriminación diversos, tales como la experiencia laboral, que puede expresarse en un salario menor por su condición de inmigrante, su exclusión de un puesto de trabajo por su nacionalidad o rasgos físicos, su precariedad en el empleo, etc. También se puede expresar en su contacto con los organismos del Estado, en cuanto a un tratamiento diferenciado para la autorización del ingreso, por ejemplo, dependiendo del país o color de piel del inmigrante o con las instituciones de salud, educación y otras que no reconocen la igualdad de derechos a las personas provenientes de los pueblos originarios o de otras naciones”. Lo mismo pasa en México, Brasil y Colombia, y otros países de Latinoamérica.

Aun así, hay mucho silencio ante las realidades del racismo, porque las personas que tienen el privilegio de nunca haberlo vivido en carne propia pueden darse el lujo de decidir no tocar el tema para evitar momentos incómodos o ‘exponerse’ a decir un término equivocado. No se enseña sobre las dimensiones del racismo en el colegio, tampoco es común tener esas conversaciones en casa o entre amigxs. Y así, hay personas que podríamos pasarnos la vida sin inmutarnos sobre cómo el sistema en el que participamos –con nuestro trabajo, voto, decisiones, atención y tiempo– es inhóspito e intencionalmente desfavorable para las personas racializadas.

A principios de este mes, el pasado martes 2 de junio, algunos habremos visto las páginas principales de nuestras redes sociales llenas de cuadrados negros, en referencia al brutal asesinato de George Floyd, un hombre negro de 46 años, también desarmado, en manos de oficiales de la policía en Minneapolis, Minnesota, Estados Unidos. Aunque las redes sociales sean un mundo paralelo a la realidad, hermético y selectivo, todos esos cuadrados negros se sintieron, desde mi vereda, como gestos puramente performativos. Marcas que nunca se han preocupado por tocar temáticas raciales o suscitar cambios reales pudieron sobrellevar ese martes diciéndose a sí mismas que habían hecho ‘algo’ en contra del racismo. Y esa es la gran falencia del activismo de sillón: bajo esfuerzo, bajo compromiso, bajo impacto.

Cuando pensamos en la crisis climática y la sustentabilidad, nuestra mente suele irse a las bombillas reutilizables o las bolsas de género. Pero, como hemos abordado antes en este magazine, la sustentabilidad no se remite solamente a asuntos ambientales, sino irrenunciablemente a aspectos económicos y sociales también. La extracción de recursos naturales la han vivido históricamente las personas negras e indígenas, como afirma Elizabeth Yeampierre, abogada y activista ambiental puertorriqueña, en una entrevista con Yale Environment 360. “El cambio climático es el hijo de esa destrucción y extracción”, sostiene. Las personas racializadas soportan de manera desproporcionada los efectos del cambio climático, desde desastres naturales y olas de calor, hasta la contaminación. “Las plantas de combustibles fósiles y refinerías están desproporcionadamente ubicadas en barrios negros”, explica para el Washington Post la Dra. Ayana Elizabeth Johnson, bióloga marina y experta en estrategias de conservación. Por tanto, las comunidades racializadas están un 40% más expuestas a respirar aire contaminado (NAACP, 2012). En algunos países también son más propensas a estar expuestas a aguas contaminadas y a vivir cerca de sitios con desechos tóxicos.

Es tal la conexión entre el racismo y la crisis ambiental que, de hecho, el Dr. Benjamin Chavis, académico y activista por los derechos civiles estadounidenses, acuñó en 1980 el término racismo ambiental en sus investigaciones sobre la correlación entre demográficas raciales y localidades de desechos tóxicos. Las inequidades ambientales están, por tanto, directamente relacionadas con la segregación racial, las políticas discriminatorias de uso de territorio y otros factores sustentados en el racismo. Sin irnos a industrias que parecen tan lejanas, en la industria de la moda el fast fashion no podría existir sin la opresión de los trabajadores de las fábricas textiles.

Las problemáticas medioambientales no pueden, por tanto, entenderse separadas de las sociales. Sabemos que la crisis climática es antropogénica, es decir, ha sido causada y es agravada por la actividad “humana”. Una relación que confieso que no había hecho antes es que esa actividad industrial –que se universaliza en el discurso– ha sido ampliamente liderada por corporaciones que, a su vez, han sido históricamente manejadas por grupos favorecidos. Dicho en simple, las compañías blancas contaminan mientras quienes tienen que soportar más severamente sus efectos nocivos son las comunidades negras, indígenas y personas racializadas a nivel mundial. Siendo esto así, el movimiento antirracista no puede considerarse solamente un complemento de la lucha por la conservación del medioambiente y la justicia climática, porque el vínculo es radical: no existe la opción de pensar en un futuro realmente sostenible sin antirracismo.

En este escenario, los cuadrados negros de Instagram se quedarán eternamente cortos, y la solidaridad performativa puede ser dolorosa. Una amiga (afrodescendiente) comentaba que lo duro de los cuadraditos negros de este mes fue ver cómo, después de que estos se viralizaran, las marcas y personas inafectadas retomaron al día siguiente como si nada hubiera pasado.

Ahora bien, reitero que las redes sociales no son la realidad. Y tengo claro que no todas las marcas y personas tienen por qué abordar todos los temas. Lo que importa, pienso, no es lo que se publica en las redes sociales ni lo que se anuncia en público para pertenecer o quedar bien, sino (al menos) hacer el trabajo tras bambalinas. Empezando, probablemente, con la autoeducación antirracista: la diversidad de lecturas, tener conversaciones incómodas y difíciles en nuestros círculos, enfrentar las microagresiones racistas y los comentarios despectivos dichos al pasar, y seguir cuestionándonos a nosotrxs mismxs, por más abiertxs de mente, socialmente conscientes y antirracistas que nos creamos. Fue en la cuenta de Instagram (irónicamente) de la Dra. Twyla Baker, académica indígena estadounidense, que vi una cita que decía justamente eso, y añadía: “es mi responsabilidad revisar a diario los estereotipos que promuevo, mis prejuicios y, finalmente, la discriminación”.

Aunque el racismo trasciende la esfera de lo interpersonal (actos y microagresiones), ya que tiene una dimensión institucional (políticas y prácticas que refuerzan estándares racistas dentro de las organizaciones) y una estructural (múltiples instituciones que mantienen sistemas racistas en la sociedad), el trabajo de examinar el racismo internalizado (mensajes sutiles y directos que refuerzan creencias discriminatorias) propios y de lxs nuestrxs nos equipa para tener discusiones progresivamente más complejas sobre un tema que muchos siguen queriendo creer que no existe (o que existe en menor escala) en Latinoamérica y el mundo.

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Para quienes quieran saber más sobre los vínculos entre el antirracismo y el movimiento climático, el New York Times compiló una lista de lecturas recomendadas.

Fuentes: Manifestaciones de discriminación racial en Chile (INDH) | Sobre el racismo, su negación, y las consecuencias para una educación anti-racista en la enseñanza secundaria chilena (2015) | Racismo y discriminación racial en Ecuador (2004) | Encuesta nacional sobre discriminación en México (ENADIS, 2017) | National Association for the Advancement of Colored People | Latinos and Latinas at Risk | Yale Environment 360 | Slow Factory | Smithsonian Mag | Racism derails our efforts to save the planet (Washington Post) | Does Slacktivism Hurt Activism?

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Stephanie Valle

Edita, diseña y escribe. Es Magíster en Edición de la UDP y estudió artes contemporáneas, moda y periodismo en Ecuador. En su tiempo libre escribe un newsletter sobre revistas independientes. @stephanievallek

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