¿Qué hábitos valieron la pena?
Y si intento

¿Qué hábitos valieron la pena?

10 nuevos hábitos: lo que sigo haciendo, lo que no me funcionó a la larga y qué probaré en el 2020.

Durante este 2019, me dediqué a probar un nuevo hábito al mes. Empecé con el cepillado en seco en enero, que me sirvió para desacelerar mi rutina de la mañana y me llevó a la conclusión de que sí despierta la piel, no duele y tampoco requiere mucho tiempo o esfuerzo.

Luego, en febrero, hablé sobre mi brebaje amarillo: los shots de cúrcuma que tomo en las mañanas en que amanezco cansada o a punto de caer en un resfrío. Aunque es escalofriantemente agrio, recibí varios comentarios de personas que lo probaron y no lo encontraron tan terrible. ¡Me alegra haber pintado una película pavorosa y bajado las expectativas! Porque para mí sigue siendo necesario un vaso de agua para pasar ese regusto astringente.

En marzo escribí sobre mi travesía con los bullet journals, que en realidad resultó ser una forma elaborada de decir que vuelco todo lo que pienso, hago y pienso hacer, en un cuaderno sin un sistema meticuloso. Ya abandoné la idea de tener un bullet journal propiamente tal, porque acepté que mi cerebro simplemente no funciona de esa manera.

Lo siguiente fue usar un limpiador de lengua en abril. Eso sí que me funcionó y lo he mantenido. La clave, en todo caso, sigue siendo no mirarme en el espejo mientras lo hago, porque soy medio asquienta e impresionable.

En mayo hablé de cómo me cambié a una copa menstrual, e hice énfasis en lo que creo que no se dice tanto: que la curva de aprendizaje para acostumbrarse definitivamente a una copa puede ser de unos tres o cuatro meses. No pasa de la noche a la mañana. Pero, como mencioné en el artículo, no hubo vuelta atrás. La sigo ocupando y no he vuelto a usar tampones en mucho tiempo. Lo que sí debería reconocer es que a veces hay fugas, y son incómodas cuando te rehúsas a comprar protectores diarios desechables. Pero para hacerle frente a los goteos, me embarqué en la tendencia de la ropa interior absorbente.

De ahí, en junio empecé a masajear mi cara con un rodillo de jade. Y definitivamente se siente bien, pero es quizás lo que seguí haciendo menos. La razón principal es que no me acuerdo de hacerlo, lo que revela que nunca lo adopté como un hábito realmente. Las pocas veces que recuerdo que existe mi jade roller involucran estar ya recostada esperando que se seque la máscara facial que me apliqué momentos antes.

En julio quise meditar a diario, y puedo dar fe de que fue increíble. Pero lamentablemente fui perdiendo el ímpetu. Con el tiempo, se me ha ido haciendo progresivamente más difícil estar quieta y en silencio por 10 o 20 minutos, aunque es cierto lo que dije en ese momento: que cuando me convenzo de que no tengo tiempo suficiente para meditar es cuando lo necesito el doble. Así que retomarlo está en mis planes 2020. 

Ya en agosto probé el famoso oil pulling, que lo encontré algo engorroso al final, porque son 20 minutos en la mañana en que no puedo concentrarme en otra cosa que en estar gorgoteando aceite de coco en la boca. Aparte que en realidad lo que más valoro de mi rutina matinal es hacerme café y tomármelo sin ningún apuro, por lo que decidí que prefiero destinar esos minutos a ese ritual.

En septiembre empecé a tomar un aceite sublingual de CBD y aunque no sentí mucho los efectos porque estuve tomando unas micro microdosis, me gustó. Es bastante sutil, y sé que puedo modificar ligeramente la cantidad de gotas que consumo, según el día y el momento. 

Entre octubre y noviembre decidí aplicar el método de Marie Kondo en distintas áreas de mi casa, lo que me llevó a ordenar mejor, sí –en parte para sentir que tengo control sobre mi espacio–, pero también me hizo pensar en dónde terminan todas las cosas de las que decidimos deshacernos.

Qué sigo haciendo y qué no

Entonces, ¿qué de todo esto sigo haciendo? Con franqueza puedo decir que los únicos dos hábitos que mantuve religiosamente fueron: cambiarme a una copa menstrual y usar un limpiador de lengua.

Los que hago ocasionalmente son, en cambio: tomar shots de cúrcuma (solo cuando creo que los necesito), tomar CBD (cuando siento que mis ansiedades empiezan a burbujear) y ordenar mi casa aplicando el método de Marie Kondo. En realidad no podría decir que aplico su método rigurosamente, pero sí reconozco –aunque no sé qué dice eso de mí– que pienso en ella cuando organizo.

Y los que derechamente dejé de lado fueron: hacer oil pulling, masajear mi cara con un rodillo de jade, y pretender ocupar el método del bullet journal al pie de la letra (sigo solo con mi cuaderno caos). Las tres son prácticas con beneficios potenciales, pero quizás no eran para mí, y eso está bien.

Los dos que más quiero intentar mantener son meditar a diario y cepillarme la piel en seco, que lo dejé porque di de baja mi cepillo antiguo y me quedé con uno miniatura que no hace igual el trabajo.

¿Y en el 2020?

Mi intención es procurar no adoptar tantos nuevos hábitos, sino desafiarme reduciendo u optimizando algunas prácticas que ya hago, como usar el celular o producir basura.

Nos vemos en el 2020 para seguir intentando.

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Stephanie Valle

Edita, diseña y escribe. Es Magíster en Edición de la UDP y estudió artes contemporáneas, moda y periodismo en Ecuador. En su tiempo libre escribe un newsletter sobre revistas independientes. @stephanievallek

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