¿Qué prácticas valieron la pena?
Y si intento

¿Qué prácticas valieron la pena?

8 nuevas herramientas: ¿qué sigo haciendo y qué no?

¡Qué año! Como a tantas personas, no se me ocurre un solo aspecto de mi vida que haya permanecido intacto ante la montaña rusa que fue este 2020. Todas las relaciones, hábitos, rutinas y convenciones fueron puestas a prueba.

En épocas corrientes, soy una gran proponente de hacer inventario de cómo hemos vivido e invertido nuestro tiempo y energía. Creo que es la única forma de evaluar si lo que hemos incorporado a nuestras rutinas y espacios ha valido la pena. Pero en años con sucesos sin precedentes esto de tomar stock cobra aún más importancia. Tengo la sensación de que este ejercicio de autoevaluación puede otorgar dirección y sentido.

Empecé el 2020 intentando levantarme más temprano en enero, con el afán de perseguir mi fantasía de madrugar voluntariamente. Aunque nunca logré levantarme al alba per se, querer regular mi reloj biológico me sirvió para retomar algo de control sobre mi rutina matutina y me llevó a la conclusión de que la imaginación puede ayudar a automotivarme.

Luego, en febrero, hablé sobre el tapping, una técnica de liberación emocional para cualquier persona, cualquier día. Ahora bien, tocarse la cara en público no es precisamente recomendable en medio de la actual pandemia, pero aun así es universalmente accesible (habiéndose lavado las manos). Con esta práctica me di cuenta de que lo fácilmente adoptable es muy poderoso. A fin de cuentas, lo que estamos haciendo es acumular herramientas para hacer nuestro día a día más llevadero.

En marzo, por supuesto, nos enfrentamos colectivamente a la evidencia de que la vida como la conocemos puede cambiar en un instante, tal como sugieren los clichés.

Para abril, ya en cuarentena, intenté meditar por 21 días de abundancia, después de que una amiga me sumara a un chat grupal de Whatsapp para seguir un reto de meditación de Deepak Chopra. Con este consolidé dos ideas: que me encanta meditar y que, a pesar de eso, me cuesta mucho mantener el hábito.

En mayo escribí sobre fermentar, encurtir y hacer conservas, que me motivó a hacer pickles de rábanos y de cebollas, mermelada de frutilla y hasta chucrut. Reconozco que muchas veces desconfié de comer de mis propias creaciones (por si había hecho algo mal en el proceso, tipo esterilizar incorrectamente los frascos de mermelada o no remover a tiempo las capas superiores de los fermentos expuestas al oxígeno), pero fue un experimento agradable. Definitivamente sigo y seguiré haciendo pickles, es demasiado fácil. De los otros dos, confieso que no estoy tan segura.

Lo siguiente fue usar un shampoo sólido, en agosto. Eso me funcionó parcialmente, porque me sigue dejando el pelo ligeramente pesado, pero he intentado mantenerlo en lo posible. Al menos, procuro alternar entre un shampoo líquido y la barra. Voy por mi segundo shampoo sólido de rosas, y probablemente cuando se termine probaré con otro un poco menos grumoso y más compacto, cuya textura sea similar a un jabón corporal en barra.

En septiembre hablé de los calzones menstruales, insistiendo en este tema que sigue siendo tabú. Concluí que la copa y los calzones menstruales son probablemente la combinación zero waste más potente que se me ocurre para un ciclo amigable con el planeta. Son perfectamente complementarios. Y considero que los calzones en sí son sustitutos perfectos de las toallas higiénicas. Los sigo usando religiosamente todos los meses, y me siguen dando la misma sensación de seguridad, sobre todo en el trabajo y al andar en bicicleta. Se han mantenido muy bien con los lavados, y estoy tan acostumbrada que ya prácticamente no los distingo de mi ropa interior regular.

De ahí, en octubre quise reducir mi tiempo en pantalla, por haber visto The Social Dilemma (y hasta compartí pantallazos de mi vergonzoso screentime). Usé tres estrategias: crear una barrera física (esconder mi celular), apagar las notificaciones, y designar zonas libres de pantallas en mi casa. Sigo haciendo estas tres cosas (aunque con la tercera me flexibilicé un poco, mi departamento es pequeño). Y puedo decir que la relación con mi teléfono cambió completamente: ahora cada vez que lo uso estoy consciente de que estoy decidiendo invertir mi tiempo en esa actividad y hago notas mentales del costo de oportunidad que tiene dejar de invertirlo en algo mental y emocionalmente más sano. Aunque es igual de irreal, mi sueño sigue siendo una fantasía tipo Walden, de autoextracción total sin tecnología digital. Y espero lograrlo al menos durante algún periodo del 2021.

En noviembre quise usar aceites esenciales, porque estuve pasando una temporada difícil en mi vida personal y familiar. No podría decir que soy una total adepta, pero creo que empiezo a entender el atractivo. Y también lo considero bastante accesible, sobre todo la técnica de olerlo directamente de la botella. A veces llevo mi botellita de aceite esencial de bergamota en la cartera, cuando sé que tendré un día ajetreado o quizás una conversación difícil.

Qué sigo haciendo y qué no

Entonces, ¿qué de todo esto sigo haciendo? Con franqueza puedo decir que los únicos dos hábitos que mantuve religiosamente fueron: usar calzones menstruales y reducir mi tiempo en pantalla.

Los que hago ocasionalmente son, en cambio: usar un shampoo sólido (lo uso alrededor de una vez por semana, alternando con mi shampoo líquido), usar aceites esenciales (cuando siento que necesitaré apoyo en la gestión de mis emociones del día) y, bueno, levantarme más temprano, que se terminó asociando más a una obligación de trabajo que a un hábito voluntario.

Y los que derechamente dejé de lado fueron: fermentar y hacer conservas (solo he seguido encurtiendo), tapping (la verdad, me rehúso a tocarme innecesariamente la cara en este punto) y meditar por 21 días de abundancia. Aunque sí extraño la voz de Deepak Chopra y tomarme un momento de relajación, una vez que se levantó la cuarentena francamente no hice el espacio para buscar un método de meditación alternativo. Las tres son prácticas con beneficios comprensibles, pero no las logré integrar de una forma genuina a mi rutina.

Lo que sí quiero intentar mantener es, una vez más, meditar. El año pasado, cuando hice este mismo inventario en diciembre de 2019, también llegué a la conclusión de que quería intentar meditar más. Eso me da dirección sobre lo que puedo trabajar activamente y en lo que debo insistir en términos de hábitos.

¿Y en el 2021?

Seguiré probando nuevas prácticas para procurar vivir una vida lo más slow posible. Quiero intentar seguir mis instintos y poner límites más claros sobre cómo invierto mi tiempo y energía. Es posible que pruebe menos hábitos por más tiempo, o que no me autoimponga la presión de tantear mis límites todo el tiempo. Este nuevo año estoy buscando regeneración y balance.

¡Nos vemos en el 2021!

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Stephanie Valle

Edita, diseña y escribe. Es Magíster en Edición de la UDP y estudió artes contemporáneas, moda y periodismo en Ecuador. En su tiempo libre escribe un newsletter sobre revistas independientes. @stephanievallek

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